viernes, 26 de abril de 2013

Para estar sanos hay que comer sano.

       Las malas digestiones, dolores de cabeza y estreñimiento formaban parte de mi día a día; pero fueron varios problemas ginecológicos y una eterna recuperación de lesión en la rodilla izquierda, la clave para que se produjera un cambio radical en la alimentación.

   Comenzaron ha hablarme de ovarios poliquisticos, resistencia a la insulina y posibilidad de desencadenar en una diabetes tipo dos... El fisioterapeuta por su parte no hacía sino resaltar que el mal funcionamiento del sistema digestivo afectaba directamente al mal funcionamiento del tren inferior lo que desencadenaba en lesiones y lentas recuperaciones.
   

    Creo que también mi profesión afectó mucho a esta decisión, conocer un poco más lo que está sucediendo en el campo, abuso de fitosanitarios y productividad, me hicieron plantear cuales eran los pilares de una alimentación sana. 

   Aproximadamente un mes después de eliminar el trigo y los lácteos de mi dieta aumentando las cantidades de frutas y verduras, problemas como las malas digestiones, estreñimiento, dolores de cabeza, sueño y cansancio se habían minimizado.

  La mejora en el estado de salud, comenzó a intrigarnos, y comenzamos a investigar,   ¿por qué el trigo, el maíz,  los lácteos y el azúcar? Después leer y releer distintas fuentes, nuestra conclusión fue la siguiente. 

   El azúcar quizás es que desde pequeños nos enseñaron lo malo que era para salud, que picaba los dientes, etc., pero ¿la leche, el trigo  y el maíz? si son alimentos populares, asociados psicológicamente a la esencia de la vida, alimentos de nuestros abuelos, que los consumían sin ningún problema alimenticio, más bien todo lo contrario.

   Pero posiblemente nuestros abuelos no recibían alimentos con tanto procesamiento industrial y artificial,  no ingerían tanto volumen comparado con nosotros y si lo hacían, quemaban muchas más calorías. 

  Willian Davis, uno de los mejores cardiólogos norteamericano, defiende sobre los efectos negativos del trigo genéticamente modificado (hoy en día el 90% del trigo qué se consume es transgénico). Willian establece una relación directa entre el aumento de diabéticos y el consumo de cereales de este tipo (trigo, maíz, cebada, etc.).

  De los derivados lácteos qué decir, la selección genética de cría, el uso de antibióticos, el consumo de cereales modificados genéticamente, las hormonas de crecimiento... Las vacas que producían dos litros de leche diarios han desaparecido,  no son rentables. Si a todo esto le sumamos, todo el proceso industrial que lleva hasta qué llega en tetra brick hasta nuestras casas, tenemos motivos más que suficientes para saber que no se trata de un alimento beneficioso para nuestra salud.

  Me atrevo apostar que se seguirán haciendo numerosas manipulaciones genéticas para conseguir mejores rendimientos, debido a su consumo masivo. 

   Estudios demuestran que el gluten es generador de mucosidad (congestión de vías respiratorias) así como causante de estreñimiento, hígado graso y reacciones alérgicas (celiaquía, muy relacionada con desordenes ginecológicos), pero también otras proteínas del trigo moderno se asocian a la inflamación intestinal, colon irritable, migrañas, depresión, malfunción tiroidea, dermatitis, fatiga crónica, esquizofrenia, etc... (Fuente: Nutrición Depurativa). 

   Numerosos artículos hablan de los altos niveles de calcio en la leche de vaca, y como el cuerpo en su lucha por procesarlos termina depositándolos en las articulaciones, pudiendo provocar artritis, artrosis, reumatismo... Así como su alto contenido en caseína (más del 300% que la leche humana) y  su implicación en procesos alérgicos, ya que el cuerpo empieza a producir una gran cantidad de mocos para liberarse de estas toxinas. Son los mocos los que contribuyen bronquitis, sinusitis, alergias y asma. Además que la leche de vaca acidifica el organismo, debido a su alto nivel de proteínas, fósforo y por la acumulación de ácido láctico, llegando a poder producir fibromas, anemia, fibromialgia, colesterol, estreñimiento, descalcificación, obesidad  cáncer de mama, problemas de tiroides, y un aumento del riegos de padecer la enfermedad del Parkinson y diabetes juvenil.

Decidimos modificar radicalmente nuestros hábitos dejando de comer este tipo de productos, y experimentar por nosotros mismo los cambios que sufre el cuerpo al dejar este tipo de alimentos.



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